Un glaciar que se rompe…
Un dolor que se congela…
Un grupo de gaviotas que no deja de volar…
Tengo la cara encendida, aunque el frío no me suelta los tobillos, así vuelvo de Santa Cruz, después de tres días de intenso trabajo. En este momento no es precisamente la tierra de Santa Cruz una tierra Santa, los conflictos sociales, económicos, políticos laten estrepitosos desde el mar a la cordillera y es tanta la extensión que los ojos no alcanzan para medir el horizonte. Los pozos petroleros danzan al compás del viento, las rutas amanecen piqueteadas, un gobernador renuncia y el monumento al petrolero, Gorosito, estrena su nuevo look recién pintado. Confieso que esta tierra me tiene cautivada ¿o será la gente que la habita? Lo cierto es que hace tres años trabajo allí, llevando el psicodrama a los numerosos profesionales que se acercan hasta Pico Truncado, desde entonces esta ciudad, en la que reina el viento, se ha convertido para mí en “un lugar en el mundo”. Es mucho lo que aprendo en cada viaje, aprendí, por ejemplo, que la Patagonia Rebelde no deja de estar presente y que concomitantemente con la lucha se pasea la indiferencia.
No muy lejos de allí, a 80 km de Pico Truncado se encuentra Las Heras, el lugar con índice más alto de suicidios del país. Allí, hace muy pocos días un joven muere, aunque no por mano propia, a decir verdad no hay verdad que pueda decirse sobre su muerte. Una víctima más de este contexto, palabras que se callan, silencios que se gritan, las preguntas se multiplican al igual que los gendarmes en las calles. Mientras tanto, en la misma provincia, el glaciar Perito Moreno se rompe estruendoso ante la mirada de los muchos turistas que hasta allí llegaron, en Las Heras en cambio no hay turistas, sólo el dolor se congela. Dolor, sensación de impunidad, de impotencia, de bronca, de miedo, de, de, de...
y es 24 de marzo
y se cumplen 30 años del golpe militar
y 30000 desaparecidos siguen recordándonos que NUNCA MÁS
Llego a Truncado, en la escuela especial no funciona la calefacción, quizás por eso los abrazos resultan todavía más calurosos. Esta vez la propuesta de trabajo es un Sociodrama al que llamamos: "Abriendo las escenas que nos quedan, por los escenarios que NUNCA MÁS" las escenas se suceden, los recuerdos se comparten y ciertamente muchos de nosotros estamos vivos por casualidad. Las diferentes emociones que circulan dan cuenta que nuestra memoria sigue encendida. El objetivo de la propuesta es ver cuanto de esta historia hay en este presente, la multiplicación dramática parece inagotable y es más que elocuente: rutas que se cortan como se corta la posibilidad de dialogar, reclamos que se extienden tanto como los pozos petroleros, negociados que soplan como el viento, el reino del “no te metás” que no desaparece.
Continuamos trabajando el sábado, y también el domingo, nuevas personas se suman a esta experiencia, nuevas escenas para las mismas emociones. El clima meteorológico parece acompañarnos con unas variaciones inusitadas, sale el sol, llueve y hasta graniza. Cae la noche del domingo y la última escena se impone, se llama “Las manos del trabajo”, me dice el protagonista, quien está trabajando en intentar esclarecer el caso Sayago. En el escenario se van ubicando los personajes que intervienen: abogados, policías, la sociedad que mira cómodamente sentada en una silla, los miedos que oprimen el pecho, el mismo Sayazo que pide justicia, y en el medio de todas las presiones el protagonista.
Recorro el trabajo realizado y lo pienso, más allá de lo técnico, como una perfecta radiografía de nuestra realidad social. La escena impacta, mueve y conmueve mucho más que todas las palabras que podamos escribir. Nos despedimos mientras Víctor Heredia canta la canción del dragón, y…cuidado ¡¡¡¡¡con tantos dragones sueltos!!!!!
El lunes bien temprano emprendo el regreso a Buenos Aires, voy bordeando la costa del norte de Santa Cruz, está amaneciendo, el paisaje presenta sus contornos nítidamente definidos, con tantos claro-oscuros como el contexto imperante, es inmenso y absolutamente desolador, todo parece estático y eterno. Entre tanta soledad veo cruzarse una bandada de gaviotas, me detengo a observar su vuelo, su manera sutil de otear el horizonte. Sin dejar de mirarlas respiro registrando una profunda sensación de bienestar. Pienso en las personas con las que trabajé, ellas y tantos otros son para mí como ese grupo de gaviotas, son quienes le dan movimiento, sentido y vida a esta tierra que no será Santa pero es para mí “un lugar en el mundo”.
Adriana Piterbarg
27/03/06 |